Dios estuvo conmigo en todo momento
Hermana: Diana Jara
Iglesia: Penco
Los diagnósticos médicos eran desalentadores: una cirugía de alto riesgo, la posibilidad de no poder ser madre y un camino de dolor e incertidumbre. Pero en medio de hospitales, pérdidas y lágrimas, la fe se transformó en el refugio de una joven pareja que nunca dejó de aferrarse a la esperanza.
Esta es la historia de cómo, cuando todo parecía imposible, Dios obró.
En enero de 2019 comenzó una etapa que jamás imaginé que marcaría tan profundamente nuestra vida. Con el Pato llevábamos apenas unos meses de casados y, como muchas parejas recién formadas, soñábamos con tener una familia. De hecho, esa era una de las razones más importantes por las que habíamos decidido casarnos: queríamos ser papás.
Como toda mujer ilusionada con la idea de quedar embarazada, empecé a hacerme chequeos médicos para asegurarme de que todo estuviera bien. Recuerdo que mi doctor me dijo con total tranquilidad que no veía nada extraño, que todo estaba perfecto y que, si en tres o cuatro meses no lograba embarazarme, volviera a control.
Pasaron alrededor de cinco meses y regresé. La respuesta fue exactamente la misma: “Todo está bien, relájate, sigue con tu vida normal”. Pero algo dentro de mí me decía que no era tan simple.
Con el tiempo empecé a sentir dolores muy fuertes en una pierna. Por las noches se me calentaban tanto que parecía tener fiebre. Yo le decía al Pato:
—Algo debo tener… no puede ser normal.
Volví al médico y nuevamente me dijeron que no había nada extraño. Entonces el Pato me sugirió buscar una segunda opinión. Fui donde otro ginecólogo, un conocido, y él se enfocó principalmente en el dolor de la pierna. Me mandó a hacer exámenes y el diagnóstico fue una hernia inguinal. Como ya había una explicación para el dolor, intenté quedarme tranquila.
Pero el problema seguía siendo el mismo: no podía quedar embarazada.
Regresé a mi ginecólogo habitual. Otra vez escuché que todo estaba bien, aunque esta vez me enviaron a realizar exámenes de rutina más completos. Fue entonces cuando llegué donde el doctor Viñales, el ecografista. Recuerdo perfectamente ese momento. Mientras realizaba la ecografía, su rostro cambió.
—Tenemos problemas en el interior —me dijo—. Tienes teratomas en ambos ovarios y pólipos en el útero.
Sentí que el mundo se detenía.
Me explicó que debía operarme con urgencia porque los teratomas podían reventarse dentro de mi cuerpo y provocar una infección gravísima. Yo apenas lograba procesar lo que escuchaba. Todo esto ya ocurría en 2020, después de más de un año buscando respuestas.
En julio de ese año tuve una de las consultas más duras de mi vida. Estábamos en plena pandemia y a las consultas se podía entrar sola. El Pato se quedaba esperándome en el auto, sin imaginar lo que estaba por escuchar.
El doctor fue directo:
—Estamos mal.
Me explicó que la operación era riesgosa porque mis ovarios estaban muy comprometidos. Le pregunté qué significaba eso realmente. Entonces me habló de tres posibilidades: podía morir durante la cirugía, podían tener que extraer ambos ovarios o, con mucha suerte, todo podía salir bien. Pero lo que más me golpeó fue cuando me dijo:
—Lo más probable es que nunca seas mamá.
Me recomendó congelar óvulos y prepararme para un posible tratamiento de fertilidad en el futuro.
Salí de esa consulta completamente destruida. No recuerdo ni cómo llegué al auto. Apenas vi al Pato, me puse a llorar. Sentía que todos nuestros sueños se desmoronaban frente a nosotros.
Tiempo después fui derivada a otro especialista, pero me dijo exactamente lo mismo: tampoco quería asumir el riesgo de operarme.
Mientras tanto, mi vida comenzó a girar completamente en torno a médicos, exámenes y diagnósticos. En mi trabajo ya no rendía igual. Pasaba, al menos, dos veces por semana en consultas médicas. Fue entonces cuando mi jefa me recomendó a otro ginecólogo.
Llegué a su consulta sin muchas expectativas. Pero él, después de revisar todos mis antecedentes, me dijo algo que hasta hoy recuerdo con emoción:
—Yo sí te voy a operar.
La cirugía debía hacerse urgente.
Ese mismo día me preguntó con quién andaba. Le dije que estaba con mi esposo y nos hizo pasar juntos. Le explicó al Pato todos los riesgos: que los teratomas podían reventarse durante la operación, que quizás tendrían que sacarme ambos ovarios y que todo era extremadamente delicado. Pero, a diferencia de los otros médicos, él también nos dio esperanza.
—Va a estar todo bien —nos dijo.
Era lunes. El miércoles ya estaba entrando a pabellón.
Me operaron en plena pandemia, prácticamente sola. El Pato logró quedarse escondido en la habitación de la clínica para que no lo obligaran a irse. Cuando desperté, el doctor nos dijo que la cirugía había sido un éxito. Solo tuvieron que extraer una pequeña parte de uno de mis ovarios.
Después vinieron los controles y la idea de comenzar tratamientos de fertilidad. Me derivaron a un especialista en infertilidad para iniciar exámenes y medicamentos. Pero, mientras todo eso ocurría, Dios comenzó a obrar de una manera que jamás imaginamos.
En una reunión de oración, la hermana Iris Carrasco comenzó a orar por nosotros sin conocer realmente lo que estábamos viviendo. Una noche nos contó un sueño que había tenido: veía tres cajitas rosadas con ropa de bebé adentro.
Nos dijo:
—Confíen en el Señor, porque Él tiene algo preparado para ustedes.
Y nosotros decidimos aferrarnos a esa palabra.
En enero de 2021 debíamos comenzar todo el proceso de fertilidad con el especialista. Pero sinceramente estaba agotada. Le dije al Pato:
—No quiero más exámenes. Necesito descansar.
Nos fuimos al sur unos días y, al volver, comenzaríamos nuevamente con todos los trámites médicos. Pero algo inesperado pasó.
Un día, mientras limpiaba los vidrios del departamento, sentí un asco repentino. Después volvió a ocurrirme almorzando. El Pato me miró y me dijo:
—¿Y si estás embarazada?
Para mí eso era imposible.
Él fue a la farmacia y compró un test. Era domingo. Me lo hice y salió positivo. Quedamos paralizados. El Pato caminaba nervioso de un lado a otro diciendo:
—Hazte otro… puede estar malo… revisa la fecha de vencimiento.
Hicimos otra prueba. Positivo nuevamente. Le escribí de inmediato a mi doctor. Él me respondió:
—Entonces estás embarazada.
Al día siguiente me recibió en su consulta. Ahí estaba. Un pequeño huevito aparecía en la ecografía. Estaba embarazada.
Nunca voy a olvidar ese momento. Sentí que Dios había hecho un milagro en mí. Después de todos los diagnósticos, de todos los “nunca”, de todas las lágrimas, ahí estaba mi bebé. El 10 de noviembre de 2021 nació Amparo, nuestro milagro.
Más adelante volvimos a soñar con agrandar la familia. En 2023 quedé embarazada nuevamente, pero sufrimos una pérdida espontánea. Alcanzamos a saber del embarazo, pero nunca escuchamos sus latidos.
Tiempo después volví a quedar embarazada. Esta vez sí escuchamos el corazón del bebé, aunque débil. El doctor decidió repetir la ecografía una semana después. Cuando volvimos, nos dieron otra noticia devastadora: nuestro bebé había muerto. Tuve que ser internada y pasar nuevamente por un proceso muy doloroso.
Fue un golpe durísimo. Sentíamos que volvíamos al mismo lugar de miedo e incertidumbre. Pero otra vez Dios tenía la última palabra. En 2024 quedé embarazada nuevamente y, en enero de 2025, nació Franco, nuestro segundo hijo.
Hoy, cuando miro a mis dos niños, no puedo evitar emocionarme. Todo lo que vivimos fue doloroso, agotador y muchas veces lleno de miedo. Hubo momentos en que pensé que jamás sería mamá. Escuché diagnósticos terribles, enfrenté operaciones riesgosas y atravesé pérdidas que marcaron mi corazón.
Pero también vi milagros y si algo aprendí en todo este proceso, es que incluso en los momentos más oscuros, Dios nunca dejó de sostenernos. Hoy nuestra familia es el reflejo vivo de esa gracia, de esa esperanza y de todas las veces en que Él tuvo la última palabra.
Diana Jara.
Iglesia de Penco.
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